lunes, 2 de julio de 2007

26 DE JUNIO...NACE UN IMPRESCINDIBLE.


Dicen que Salvador Allende llevaba a Chile a un precipicio del que nos habría costado infinidades salir. Le achacaban llevarnos hacia un sistema “perverso” donde el que quería estudiar podría hacerlo sin temor a que el dinero obstaculizara sus ansias de aprender; donde la salud, la vivienda y hasta el agua sería gratis. Un sistema tan maldito y detestable que acabaría con los sueldos fastuosos de los políticos y la clase dirigente. Un régimen que pretendía hacer de Chile un país más justo, una dictadura social donde la torta, que por años habían devorado sólo los más poderosos, por fin iba a ser repartida entre todos.

Un loco y utópico gobierno, construido democráticamente durante cuatro décadas de luchas sociales, con la intención clara de desarrollar la soberanía popular, las libertades, la democracia participativa y la igualdad social. Un burdo proceso que quería mirar a nuestros países vecinos como hermanos y no encerrarnos entre el mar y la cordillera ; un vulgar gobierno que quería establecer el derecho de los pueblos sobre sus propios recursos, sin dejar que las sedientas garras del capital extranjero se robaran esos bienes que les pertenecían a todos los chilenos. En definitiva, una ruin gestión que haría de nuestro país, una sociedad ejemplar.

Felizmente, para las pretensiones de muchos, ese infame y abominable sistema político jamás se impuso en nuestro país. Al contrario, una forma de vida más humana y social se aplicó entre los chilenos. Una fórmula perfecta, donde, si no hay dinero de por medio, me quedo “pateando piedras”. Un sistema donde si no tengo riqueza, debo irme acomodando a las afueras de los hospitales esperando la hora de mi muerte. Un método donde el rico se hace cada vez más rico y el pobre se hunde aún más en su miseria. En fin, un modo de vivir la vida donde cada uno se ocupa de lo suyo sin siquiera importarle lo que le ocurre al compañero de al lado. Un gobierno tan perfecto que hace recordar con un dejo de nostalgia aquella “curiosa” sociedad más generosa que alguna vez aspiró a propagar aquel extraño Presidente de Chile llamado Salvador Allende.

Para matar al hombre de la paz tuvieron que imaginar que era una tropa, una armada, una hueste, una brigada, tuvieron que creer que era otro ejercito, pero el hombre de la paz era tan sólo un pueblo y tenía en sus manos un fusil y un mandato y eran necesarios más tanques, más rencores, más bombas, más aviones, más oprobios porque el hombre de la paz era una fortaleza.

Mario Benedetti – Allende
Colectivo Litre Quiroga, al conmemorarse un año más del natalicio del Compañero Presidente: 26 de Junio de 2007.
y...las palomas alzarán su vuelo.

CON ALLENDE SIEMPRE...


Saludamos al compañero Presidente en la conmemoración de su natalicio.


Mi pueblo ha sido el más traicionado de este tiempo.
De los desiertos del salitre, de las minas submarinas del carbón , de las alturas terribles donde yace el cobre y lo extraen con trabajos inhumanos las manos de mi pueblo, surgió un movimiento liberador de magnitud grandiosa. Ese movimiento llevó a la presidencia de Chile a un hombre llamado Salvador Allende, para que realizara reformas y medidas de justicia inaplazables, para que rescatara nuestras riquezas nacionales de las garras extranjeras.
Donde estuvo, en los países más lejanos, los pueblos admiraron al presidente Allende y elogiaron el extraordinario pluralismo de nuestro gobierno . Jamás en la historia de la sede de las Naciones Unidas, en Nueva York, se escuchó una ovación como la que le brindaron al presidente de Chile los delegados de todo el mundo.
Aquí en Chile se estaba construyendo, entre inmensas dificultades, una sociedad verdaderamente justa, elevada sobre la base de nuestra soberanía, de nuestro orgullo nacional, del heroísmo de los mejores habitantes de Chile. De nuestro lado, del lado de la revolución chilena, estaban la Constitución y la ley, la democracia y la esperanza.
Del otro lado no faltaba nada. Tenían arlequines y títeres, payasos a granel, terroristas de pistola y cadena, monjes falsos y militares degradados. Unos u otros daban vueltas en el carrusel del despecho. Iban tomados de la mano el, dispuestos a romperles la cabeza y el alma a cuanto existe, con tal de recuperar la gran hacienda que ellos llamaban Chile. Eran los principales artistas de la comedia. Tenían preparados los viveros del acaparamiento, los "miguelitos" , los garrotes y las mismas balas que ayer hicieron de muerte a nuestro pueblo en Iquique, en Ranquil, en Salvador, en Puerto Montt, en la José Maria Caro, en Frutillar, y en Puente Alto. Bailaban con naturalidad santurronamente. Se sentían ofendidos de que les reprocharan esos "pequeños detalles".
Las obras y los hechos de Allende, de imborrable valor nacional, enfurecieron a los enemigos de nuestra liberación. El simbolismo trágico de esta crisis se revela en el bombardeo del palacio de gobierno; uno evoca la Blitz Krieg de la aviación nazi contra indefensas ciudades extranjeras, españolas, inglesas, rusas; ahora sucedía el mismo crimen en Chile; pilotos chilenos atacaban en picada el palacio que durante dos siglos fue el centro de la vida civil del país.
Escribo estas rápidas líneas para mis memorias a sólo tres días de los hechos incalificables que llevaron a la muerte a mi gran compañero el presidente Allende. Su asesinato se mantuvo en silencio; fue enterrado secretamente; sólo a su viuda le fue permitido acompañar aquel inmortal cadáver. La versión de los agresores es que hallaron su cuerpo inerte, con muestras visibles de suicidio. La versión que ha sido publicada en el extranjero es diferente. A renglón seguido del bombardeó aéreo entraron en acción los tanques, muchos tanques, a luchar intrépidamente contra un solo hombre: el presidente de la República de Chile, Salvador Allende, que los esperaba en su gabinete, sin más compañía que su gran corazón, envuelto en humo y llamas.
Tenían que aprovechar una ocasión tan bella. Había que ametrallarlo porque jamás renunciaría a su cargo. Aquel cuerpo fue enterrado secretamente en un sitio cualquiera. Aquel cadáver que marchó a la sepultura acompañado por una sola mujer que llevaba en sí misma todo el dolor del mundo, aquella gloriosa figura muerta iba acribillada y despedazada por las balas de las ametralladoras de los soldados de Chile, que otra vez habían traicionado a Chile.

Pablo Neruda: Confieso que he vivido , Santiago de Chile, septiembre de 1973