Un loco y utópico gobierno, construido democráticamente durante cuatro décadas de luchas sociales, con la intención clara de desarrollar la soberanía popular, las libertades, la democracia participativa y la igualdad social. Un burdo proceso que quería mirar a nuestros países vecinos como hermanos y no encerrarnos entre el mar y la cordillera ; un vulgar gobierno que quería establecer el derecho de los pueblos sobre sus propios recursos, sin dejar que las sedientas garras del capital extranjero se robaran esos bienes que les pertenecían a todos los chilenos. En definitiva, una ruin gestión que haría de nuestro país, una sociedad ejemplar.
Felizmente, para las pretensiones de muchos, ese infame y abominable sistema político jamás se impuso en nuestro país. Al contrario, una forma de vida más humana y social se aplicó entre los chilenos. Una fórmula perfecta, donde, si no hay dinero de por medio, me quedo “pateando piedras”. Un sistema donde si no tengo riqueza, debo irme acomodando a las afueras de los hospitales esperando la hora de mi muerte. Un método donde el rico se hace cada vez más rico y el pobre se hunde aún más en su miseria. En fin, un modo de vivir la vida donde cada uno se ocupa de lo suyo sin siquiera importarle lo que le ocurre al compañero de al lado. Un gobierno tan perfecto que hace recordar con un dejo de nostalgia aquella “curiosa” sociedad más generosa que alguna vez aspiró a propagar aquel extraño Presidente de Chile llamado Salvador Allende.
Para matar al hombre de la paz tuvieron que imaginar que era una tropa, una armada, una hueste, una brigada, tuvieron que creer que era otro ejercito, pero el hombre de la paz era tan sólo un pueblo y tenía en sus manos un fusil y un mandato y eran necesarios más tanques, más rencores, más bombas, más aviones, más oprobios porque el hombre de la paz era una fortaleza.
Mario Benedetti – Allende


